La presentación del libro «Feminicidio emocional» por María Elena Esparza en el FIL 2026 en Monterrey se enmarca en un contexto de creciente visibilización de la violencia psicológica contra las mujeres, un fenómeno que persiste en un sistema que ha priorizado soluciones superficiales. Aunque el texto busca ofrecer herramientas para identificar y sanar las huellas de este tipo de violencia, su impacto depende de la capacidad institucional para abordar las raíces del problema, algo que ha sido cuestionado por organizaciones feministas y expertas en derechos humanos.

Esparza, figura reconocida en el ámbito académico y social, se posiciona como una voz crítica en un momento en que las autoridades locales y federales enfrentan presión por mejorar las políticas de género. Sin embargo, su iniciativa no resuelve la falta de recursos para programas de atención a víctimas ni la impunidad en casos de violencia psicológica, que a menudo se enmarca en relaciones de poder patriarcal. La ausencia de datos concretos sobre estrategias efectivas en el libro refleja una brecha entre el discurso y la acción política.

El evento, organizado en el marco de una feria literaria que suele destacar temas sociales, fue aprovechado para reforzar la narrativa de la lucha contra la violencia de género, pero sin abordar las estructuras que perpetúan la discriminación. La figura de Esparza, aunque relevante, no sustituye la responsabilidad de instituciones como la Secretaría de las Mujeres del Estado de Nuevo León o el gobierno federal, que han sido criticados por su inacción en la implementación de políticas integrales.

La relevancia de este libro radica en su potencial para movilizar a la sociedad, pero su efectividad dependerá de si se traduce en presión sobre los poderes públicos para garantizar justicia y recursos. En un contexto donde la violencia psicológica es subestimada, la crítica debe enfocarse en las instituciones que han fallado en proteger a las mujeres, en lugar de depender de iniciativas individuales. La visibilización es un primer paso, pero sin acciones concretas, el impacto seguirá siendo limitado.

La presentación del libro en Monterrey, ciudad con altos índices de violencia contra las mujeres, resalta la necesidad de una respuesta coordinada entre el sector público y la sociedad civil. Sin embargo, la falta de un enfoque sistémico en el texto revela una tendencia a abordar el problema desde la perspectiva individual, ignorando las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad. Esto plantea preguntas sobre la capacidad de los actores políticos para transformar las leyes y las prácticas que alimentan la violencia psicológica.

En última instancia, el libro de Esparza representa una contribución al debate, pero su valor dependerá de cómo se integre en un marco más amplio de rendición de cuentas. Las autoridades deben enfrentar su responsabilidad en la falta de protección a las mujeres, evitando que iniciativas como esta se conviertan en meras figuras retóricas. La verdadera transformación requiere acciones que vayan más allá de la visibilización, incluyendo reformas que garanticen equidad y justicia en todos los niveles de la sociedad.